“El escritor escribe su libro para explicarse a sí mismo lo que no se puede explicar.” Gabriel García Márquez

Con esta cita inauguramos la sección de entradas de la web de este club de escritura. De todas las posibilidades que teníamos, hemos decidido empezar por esta porque es la raíz de todo el asunto que nos mueve. Si estás aquí es porque también te gusta escribir, y seguro que también te has hecho en algún momento una pregunta como la del título de esta entrada. Nosotros intentamos buscarle una respuesta también. Mientras tanto: ¡bienvenido o bienvenida!

 

 

Estás leyendo un libro. Uno que te gusta, porque de verdad te fijas en los detalles, y llega el punto en el que no sólo te haces preguntas sobre la historia: “¿quién será el malo malísimo en realidad?”, sino que te haces otro tipo de preguntas: “¿por qué el autor ha elegido al mayordomo como antagonista?”.


El día que dejas de preguntarte por el contenido y empiezas a hacerlo por la forma… es demasiado tarde, te ha picado el gusanillo de la escritura. Quieres probar tú también lo mismo que está haciendo el autor. Es más, se te ocurren maneras mejores de decir algunas cosas, o incluso de escribir las tuyas propias. Se te ocurren historias alucinantes a las que te parece obligatorio dar salida, y te preguntas cómo no ha escrito nadie sobre ellas en el pasado.

Es un momento de inocente fascinación.

Sin embargo dura poco: pronto aprendes que escribir no es tan sencillo como te lo hacen parecer los autores que admiras, y que en realidad aquello que te atrajo se ha convertido más en un reto intelectual que en un ejercicio de volcar ideas geniales sobre un texto, como quien vuelca un tarro de pintura. Descubres que hay reglas. Que no todo vale. Según cómo lo mires, escribir puede haberse vuelto tan automatizado como rellenar un formulario, e igual de estimulante. O puede haber cobrado un nuevo atractivo: el de hacer equilibrios entre el contenido y la forma. Puntos extra si consigues hacerlo sin perder la ilusión inocente del inicio.


Existen, al menos, dos objetivos en la escritura: transmitir información y transmitir sentimientos. Pronto vamos a descubrir que estos dos elementos están encadenados el uno al otro, y que si escribimos con la intención de contar una historia, tendremos que elegir entre involucrar sentimentalmente al lector y contarle lo que necesita saber. Un escritor hábil trataría de combinar las dos cosas en cada párrafo. Es un tipo de desafío similar a hacer sudokus, pero con factor creativo.


En conclusión: escribir nos gusta porque nos ayuda a cubrir una necesidad. Nos ayuda a sentirnos realizados en ese aspecto concreto de nuestra persona. Nos gusta porque es difícil, porque es satisfactorio y porque es reconfortante.

¿Por qué os gusta escribir a vosotros?